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Pascal Quignard: El libro de Heidelbeermann

11 de diciembre de 2017





1. Historia de los caballos

Antiguamente los caballos eran libres. Galopaban por la tierra sin que los hombres los desearan, los encerraran, los reunieran en los desfiladeros, los enlazaran, los apresaran, los uncieran a carros de guerra, los enjaezaran, los ensillaran, los herraran, los montaran, los sacrificaran, los comieran. A veces los hombres y los animales cantaban juntos. Los largos gemidos de unos provocaban los singulares relinchos de los otros. Los pájaros bajaban del cielo y acudían a picotear los restos entre las piernas de los caballos que sacudían sus magníficas crines, entre los muslos de los hombres que echaban hacia atrás sus cabezas, sentados en el suelo, alrededor del fuego, que comían ávidamente, ruidosamente, excesivamente, que golpeaban súbitamente sus manos en cadencia. Cuando el fuego se había apagado, cuando habían terminado de cantar, los hombres se levantaban. Porque los hombres no dormían de pie como lo hacían los caballos. Entonces limpiaban en el suelo las huellas de sus escrotos y de sus sexos que se habían depositado allí. Volvían a subir a sus caballos y cabalgaban sobre toda la superficie de la tierra, en las orillas húmedas de los mares, en los bosques bajos y primarios, en los páramos ventosos, en las estepas. Un día, un hombre joven compuso este canto: “Salí de una mujer y me encontré frente a la muerte. ¿Dónde se pierde mi alma por la noche? ¿En qué mundo reside? Resulta pues que hay un rostro que nunca vi, que me persigue. ¿Por qué vuelvo a ver ese rostro que no conozco?”
Solo, partió a caballo.
De repente, cuando estaba galopando a pleno día, se hizo de noche.
Se inclinó. Con espanto acarició la crin que cubría el cuello de su caballo y su piel tibia y temblorosa.
Pero el cielo se volvió absolutamente negro.
El jinete tiró de la cadenita de bronce de las riendas. Bajó del caballo. Desenrolló en el suelo una manta constituida por tres pieles de reno sólidamente anudadas entre sí. Ató los cuatro extremos de la manta para proteger, lo más completamente posible, tanto a él mismo como la cara de su caballo. Volvieron a partir.
El aire estaba inmóvil.
Súbitamente la lluvia se abatió sobre ellos.
Avanzaban lentamente buscando con la vista, los dos, su camino entre el estrépito y el agua atronadora.
Llegaron a una colina. Ya no llovía más. Tres hombres estaban atados a unas ramas en la oscuridad.
En el medio, un hombre completamente desnudo, con una corona de espinas en la frente, aullaba.
De manera misteriosa, otro hombre, con la punta de una caña, le alcanzaba una esponja a los labios. A su lado, al mismo tiempo, un soldado hundía su lanza en su corazón.


2. Historia que le sucedió a Hagus

Un día, mucho después, siglos después, cuando caía la tarde, mientras estaba solo, a pie, llevaba detrás de sí a su caballo de la brida en la ribera del Somme, en la penumbra que empezaba a llegar sobre el río, y se detuvo.
El hombre había divisado a un arrendajo muerto sobre un montón de pizarras.
Estaba casi a diez metros del río que corría en silencio.
Había un aliso.
Sobre el montón de lozas de pizarra despegadas, grisáceas, que estaban expuestas al sol poniente, un arrendajo estaba tendido de espaldas, con las alas bien abiertas, el pico abierto.
El caballo resopló. Pero el hombre acarició la larga y pesada cabellera que cubría su espinazo.
Hagus, que era el barquero del río, ató su barca al tronco del gran aliso. Fue a ubicarse junto al jinete intrigado y el caballo inmóvil. Con su pértiga apoyada en el hombro, cruzó su mirada con las miradas de ellos.
Porque había algo extraño en ese arrendajo muerto.
Entonces Hagus sacó fuerzas de flaqueza y se acercó al pájaro de alas azules.
Pero se paralizó casi de inmediato porque el arrendajo levantaba regularmente sus plumas negras y azul intenso. Se daba vuelta un poco al respirar. Actuaba del siguiente modo: un golpe hacia la costa y la barca y el follaje del aliso y el río; un golpe hacia los cardos y el jinete paralizado por su visión y el caballo inmóvil y ansioso.
En verdad, el arrendajo ofrecía sus plumas coloridas al calor del último sol.
Las secaba.
Luego, en menos de un segundo, hizo una pirueta, se volvió a parar sobre sus patas y de un salto salió volando y se encontró encaramado en la punta de la pértiga del barquero de río.
Entonces Hagus oyó, sobre su hombro, que tenía que dejar este mundo.
Giró la cabeza hacia el pájaro que lo miraba y que lanzaba su grito horrible, después se dio vuelta hacia el jinete pero ya no había nada a su lado. El jinete y el caballo se habían ido sin que los hubiese visto desaparecer.
Súbitamente el pájaro desplegó de nuevo sus alas negras y azules, dejó su palo –que era la pértiga de Hagus apoyada en su hombro– y se voló.
El pájaro se internó en el cielo.
De manera progresiva, el carácter de Hagus se ensombreció. Empezó descuidando su servicio en la costa del río. Abandonó su barca entre los juncos. Dejó que la lluvia la invadiera con el agua de las tormentas. Al cabo de dos estaciones su mujer y su hijo se cansaron de su tristeza, hablaron juntos febrilmente, agarraron sus cosas, partieron. Entonces Hagus, que renunciaba a la compañía de los suyos, se apartó de sus prójimos. O más bien no se dirigió más a los seres humanos. Evitaba la luz demasiado intensa. Todo lo que era visible le daba miedo. Incluso los rostros de los animales, que le parecían reprobatorios, y los rehuía. Tomaba desvíos para no cruzar la mirada con un cernícalo de pico completamente amarillo o con los ojos de una rana que trataba de atraerlo por medio de su canto en la noche cálida sobre la pradera.


3. La caja de concierto

Antiguamente había un hombre un poco rengo que llevaba una caja de madera con compartimentos sobre su espalda. Iba de aldea en aldea. Apoyaba la caja sobre una piedra o sobre el tronco de un árbol, o sobre un baúl, o sobre un banco, y entonces desplegaba cuidadosamente la tapa. Se contaban doce agujeros. Cada uno contenía una rana. A la noche, levantaba la cabeza y nombraba a Van Sissou. Era como una plegaria que el hombre del pie estropeado lanzaba hacia el cielo. “¡Habla, Van Sissou!”, exclamaba y le pedía a un niño que se encontraba allí que tomase una jarra y derramara el agua sobre cada cabeza. Ellas cantaban.
–Si hacen silencio –les decía a los niños y a las diversas poblaciones que se aglomeraban entonces provenientes de los campos y las sendas del bosque, que lo rodeaban y se apretaban unos y otros contra él para examinar el interior de su caja–, escucharán un carillón oscuro.
Entonces, incluso los niños se callaban, escuchaban el canto que poco a poco se elevaba y sus ojos se humedecían porque todos habían conocido a alguien en el otro mundo. Algunos murmuraban “¡Mamá!” y se desplomaban dentro de sus rodillas. Y decían en voz baja: “¡Mamá! ¡Mamá!”


4. Nacimiento de Nithard

Antiguamente, el día en que Nithard nació, el conde Angilbert –que era el padre del niño, que también era el padre abad de la abadía consagrada a San Riquier de la bahía de Somme– agarró al niño cuando salía chorreando del vientre de Berthe y dijo: “Párpados que levantas por primera vez, plegando tu piel tan frágil mientras desnudas tus dos grandes ojos mojados a la luz, te bendigo en nombre del padre, del hijo, del espíritu”. Fue entonces cuando surgió un nuevo grito. Había un gemelo en el vientre de Berthe: se podía ver la frente amarilla que empujaba contra la pared del vientre y que ya aparecía entre los grandes labios violáceos de Berthe, justo por debajo de la mata de pelos rubios que cubría su piel tensada al máximo hasta el ombligo. El conde abad Angilbert trató de agarrarlo. Pero el recién nacido estaba particularmente empapado. El cuerpito viscoso se debatía en todos los sentidos y resbalaba como una anguila entre sus manos. El abad gritó: “Oye tú que empiezas a buscar asideros por todas partes en la naturaleza, dedos minúsculos que despliegas y que aprietas con tanta tenacidad y fervor la gran mano de quien te concibió hace ya varias estaciones, te bendigo también. Es un signo que nos envía Dios al repetir el nacimiento de Nithard en este rostro que se le parece mucho más de lo que podría hacerlo una sombra: ¡lo reitera casi como un reflejo! ¡Dios quiso un compañero para sus días tal como él mismo tenía a Juan que dormía sobre su hombro!”
Tras haber pronunciado estas palabras, procedió al segundo bautismo y lo llamó Hartnid.


5. La concepción de Nithard

Antaño, nueve meses antes de que Nithard naciera, una tarde en que estaban ocultos de las miradas atrás de las madreselvas amarillas y blancas y las grandes glicinas azules, la hija del emperador que se llamaba Berehta o Berthe tomó la mano del conde Angilbert y le dijo:
–Entra en mí.
Y repitió:
–Entra en mí. Te amo tanto.
Levantó su túnica. Entonces él entró en ella.
Ella gozó.
Él también obtuvo tanto placer que la penetró por segunda vez.
Ella gozó.
Esto pasó antes del nacimiento de Nithard y de Hartnid. Sar, la chamán de la bahía de Somme, improvisó en aquellos tiempos este poema:
–Porque si a los pájaros les gusta cantar, también les gusta oír los cantos.
Les gusta oír el mar del Norte que rompe bajo el acantilado de caliza y se callan poco a poco ante las olas que se elevan y que se desploman sobre la arena que hacen rodar y que producen al corroer la pared vertical y blanca.
Incluso los atrae tan sólo el estremecimiento de las cañas en el agua estancada de las lagunas que bordean la bahía.
Los pájaros se acercan a los prados salados y a los cañaverales. Penetran en ellos. Se complacen en acompañar los cantos que allí produce el viento profiriendo sus trinos.

Ahora bien –dijo Sar–, la lluvia,
cuando cae sobre las hojas del bosque,
en cambio intimida sus picos.
Disminuye sus variaciones y baja la altura de los sonidos que vociferan.
A veces los chubascos y los chaparrones los suspenden.
Los gorjeos ceden por completo su lugar a los estrépitos y a los estruendos.

Todos los pájaros responden –e incluso su sorprendente silencio responde cuando llegan a callarse.
Todos los pájaros modulan según el acompañamiento que ofrece el lugar a los movimientos y a la resonancia particular que organizan sus extraños mandatos.
Casi no tintinean arpegios cuando el sitio está en la niebla.
Ningún desgranamiento de llamados se lanza dos veces bajo las nubes.
Los graves se difunden más lejos que los agudos en el mundo de los pájaros –como el dolor en el nuestro.
Los lentos se distinguen más fácilmente que los rápidos.

Yo, Sar, lo digo:
Los signos de los pájaros son más dulces que la pena que ustedes sienten.
Son más comprensibles para mi oído que las lenguas que articulan los hombres a los cuales les doy mi asistencia cuando están poseídos y giran sobre sí mismos sin saber qué hacer con su sufrimiento en el sufrimiento.


6. Hartnid enamorado

Un día, Mateo el Evangelista escribió en Evangelio XIII, 1: “In illo die, Iesu, exiens de domo, sedebat secus mare”. (Un día, Jesús, tras haber salido de su casa, se sentó a la orilla del mar.) Un día, Hartnid, tras haber salido de su casa, se sentó a la orilla del mar. De pronto se alzó el viento y levantó la arena. Tenía trece años. Una barca se encontraba allí. Subió a la barca. Izó la vela en el mástil. Navegó en dirección al oeste, después giró hacia el norte y soltó el timón. Se durmió. Entonces derivó largo tiempo. Cruzó el mar. Desembarcó en Arklow. En la bahía de Arklow, Hartnid encontró a un santo que vivía bajo una piedra.
Hartnid dibujó en la arena un rostro y le preguntó al santo:
–¿Conoce este rostro?
Pero el ermitaño le respondió:
–No conozco ese rostro. ¿Por qué me lo pregunta? Tampoco lo conocía a usted ni a su cuerpo ni a su rostro cuando lo vi hace un rato, desde la puerta de mi cabaña de piedras, anclando su barco, bajando su bote por medio de una soga, remando, remolcando su pequeño bote sobre el barro salobre y los fragmentos de caparazones rotos de la costa.
–Porque busco a la mujer que tiene este rostro sobre sus hombros. Esa es la razón de mi viaje. Mi propio rostro no importa. Porque mi rostro ya existía en este mundo cuando aparecí en este mundo.

La princesa Berehta (Berthe, que era la madre de Hartnid) decía en el nuevo palacio de su padre, en Aix-la-Chapelle, en el año 813:
–Creo que su cabeza se quedó vacía. El amor lo trastornó apenas le crecieron los pelos a lo largo de las piernas y cubrieron sus mejillas. Otro cuerpo distinto del suyo se le subió al cerebro aunque yo no sepa dónde obtuvo esa visión. Por lo menos, cuando tenía doce o trece años, una imagen se montó en su cabeza y se aferró a ella. No se extinguió cuando llegó el amanecer y él se levantó de su lecho. A partir de ese instante ya no quiso ver más a su hermano. Esa imagen se convirtió en un furor tal que ya no oye más nada de lo que le dicen. Quiere recobrar ese rostro. Nadie puede permanecer frente a mi hijo sin quedar estupefacto por lo que le ha pasado. Ama a alguien.
Así es como la princesa Berthe justificaba la partida de su hijo ante el más joven de sus gemelos, que se llamaba Nithard. Porque entre los gemelos, el concebido antes es el último que sale. Y fue así que Hartnid, que era otra manera de escribir Nithard, a quien había concebido y nombrado Angilbert, a quien había cargado y alimentado Berthe, dejó la Francia marítima.


7. Frater Lucius

Uno de los monjes del monasterio de Saint-Riquier, el que les enseñó sus letras, tanto griegas como latinas, a Nithard al igual que a Hartnid, que era un excelente copista, que era incluso la mejor mano del monasterio para ornar las letras bizantinas, para simplificar de la manera más pura las letras carolingias, tenía el nombre de Frater Lucius. Se había enamorado de un gato totalmente negro. El gato era tan bello y pequeño como una linda corneja chica de los bosques. Tenía ojos adorables. A decir verdad, se parecía más bien a un grajo de los sembrados porque su hocico estaba manchado de blanco. El Hermano Lucius se apuraba en haber terminado su jornada, en haber acabado su copia, en dejar el scriptorium cuyas sedes sin embargo estaban calefaccionadas con pequeños hornillos de brasas donde los monjes apoyaban sus pies y donde el calor se acumulaba bajo sus ropas. Pero poco importa el calor: Frater Lucius estaba apurado por volver a su celda y abrir el batiente de madera de su ventana para que apareciera y saltara y hundiera su hocico helado en el hueco de su cuello. No tenía en la cabeza nada más que a su gato. Sólo soñaba con sus caricias, caricias a su vez tan ávidas de caricias, y con sus murmullos tibios, ronquidos, gritos atenuados, ronroneos, siseos, pequeñas lamida rasposas, ojos que se guiñan en el consentimiento y que se cierran a medias en el reposo y en la ternura.
Frater Lucius no tenía en la mente más que su miradita seductora y su naricita conmovedora.
Apenas cerraba detrás de sí la puerta de su celda, se sacaba su capucha. Una vez quitada la capucha, tiraba el postigo de madera y ya el gato estaba saltando sobre su hombro y tocaba con su pata su mejilla como si lo acariciara.
Ni siquiera era necesario que susurrara su nombre en la noche sobre todos los techos del monasterio. El gato saltaba sobre su hombro y ya ronroneaba.
Se acostaban los dos sobre su jergón de paja cubierto de pieles y dormían juntos.
El hermano hundía la cara en su pelaje. Respiraba con dificultad pero le parecía que revivía. Hablaban juntos. Eran felices. Se amaban.


8. La abadía que restauró Angilbert

Cuando el emperador le ofreció la fuente de San Marcoul, el capitel de piedras secas y reunidas sin junturas que la remataba, la vieja ermita de San Riquier, el rey chamán, que había sido erigida a su lado, y por último las construcciones más recientes de la abadía que los rodeaban, al conde y abad (abbas et comes) Angilbert, le otorgó unas dependencias hasta la orilla del mar antes de Quentovic. Era en los años 790. Harun al-Rachid ya era el califa de la gran ciudad de Bagdad. Carlomagno todavía no era emperador. Nadie en el mundo lo llamaba aún Carolus Magnus, ni Carlos el Magno, ni Karel der Grosse. El joven rey de los francos no quiso como yerno al conde que tenía en sus manos el ducado de la Francia marítima. Deseó enseguida reintegrar a Berthe a su corte. Amaba a Berthe más que a ninguna de las otras princesas y aun más que a sus esposas. Lo que al conde Angilbert se le ocurrió decirle a la princesa Berthe cuando, al transmitir el pedido que le había hecho su padre, lo rechazó para siempre, fue lo siguiente:
–Es posible que las mujeres y los hombres no conozcan dos veces el deseo. No estoy convencido de ello, ni para las mujeres, ni para los hombres, pero es algo posible. Los peces a los que llamamos salmones mueren justo en el instante en que experimentan el goce cuando es la primera vez de sus vidas en que lo encuentran. En el instante en que sus cuerpos y sus aletas se mezclan con la fuente de los montes donde fueron concebidos, sus viejos cuerpos impregnados de semen, todavía temblando en la voluptuosidad, mueren. Usted señaló que me pasó algo comparable entre las madreselvas, cuando nos encontramos a la sombra de los densos racimos de glicinas azules que nos ocultaban de la vista de los otros miembros de la corte. Nuestros cuerpos temblaban en la felicidad exactamente como lo hacen los animales cuando tienen miedo. A veces se grita en el último instante, cuando el alma se escapa, como se grita cuando se nace, mientras el cuerpo descubre la luz del sol. Y sucede que gritemos en el placer, cuando el agua que contenemos de pronto se derrama. Es posible, en efecto, que no aprendamos demasiadas cosas al vivir. Por el momento, su padre solicitó que no nos tocásemos más. En lo que me concierne, ese príncipe es un amigo y yo soy un compañero leal. En cuanto a usted, es su padre y usted es una hija dichosa y amorosa. Él tiene bastante con sus hijos y los hijos de sus hijos y teme por la sucesión del inmenso reino que tiene impacientemente la voluntad de aumentar. Usted va a unirse a la corte palatina de sus mujeres en Aix. Nuestros cuerpos ya no temblarán ni de felicidad ni de temor. Cuidaré de nuestros hijos y los trescientos monjes que he reunido en mi abadía los instruirán con tanta solicitud e incluso con más diligencia que todos los otros duques de la tierra. Las mujeres que trabajan en los hornos, que lavan, que secan la ropa blanca, que cultivan, que plantan, que cosechan en el terreno rectangular, los querrán.
La princesa Berehta le respondió al conde Angilbert convertido en padre abad de la abadía de Saint-Riquier:
–Nosotras, mujeres, nuestra vida no es feliz. El tiempo en que somos mujeres es demasiado breve. Somos demasiado tiempo niñas, seguimos siendo mujeres tan pocas temporadas, somos demasiado rápido madres, perdemos una extensión interminable de tiempo en hacernos viejas y en quedar, con un pie en el aire, todas empolvadas, dudando en naufragar en el océano de la muerte. Además, el ciclo de nuestra fecundidad está desagradablemente medido si lo comparamos con la duración de nuestra existencia. Los cuidados que requieren los pequeños que salen de nuestro sexo son repetitivos y groseros. Por eso pienso esto: El tiempo de las madres y de las abuelas es demasiado extenso a tal punto que se torna molesto y casi repulsivo. En este sentido, no estoy descontenta de volver a la compañía de mi padre, a la edad en la que estoy. Amigo mío, consérveme su servicio puesto que ya no quiere acostarse cerca de mi carne, puesto que ya no quiere llevar su boca a mi pecho y chuparlo un poco, vaciado, al caer la noche, puesto que ya no quiere entonar su gemido en el hueco de mi hombro. Pero ahora voy a decir lo que creo que es lo peor. Lo más terrible que hay en la existencia que tienen las mujeres es que amamos a los hombres mientras nos desean. Cada una de nosotras se entrega por completo a uno de ellos mientras que ellos olvidan que están en nuestros brazos inmediatamente después de que nos penetraron y corren a comunicar por todas partes lo que no saben nunca. 


9. La escena del baño en el gran salón

Hartnid tomaba su baño en su bañera de madera en el gran salón colmado de penumbra. Oyó una voz de mujer a sus espaldas.
–¡Cierra los ojos cuando te toque!
Hartnid cerró los ojos y respondió a la voz:
–Hice lo que me pediste. Tengo mis dos párpados bajos. Haz lo que te dispones a hacer.
Entonces la mujer que se llamaba Wicklow lo agarró de los hombros y entró en la bañera.
Él abrió los ojos. La miró. Ella era muy hermosa. Le dijo:
–Ya no tendré que cerrar los ojos cuando te acerques a mí.
–Por desgracia.
–Serás mi única mujer. Eres tan hermosa. Eres la primera mujer que descubro desnuda. Aun de aquella cuyo rostro busco, no imagino su desnudez. Serás la única de la que tendré la plena e indecente apariencia y la colocaré cerca del retrato que se fijó no sé por qué, antes, en mi corazón.
La mujer pareció triste.
Ella dijo:
–Ya no habrá más que los sueños que puedan darle su auxilio a la vida.
Después la mujer mostró con el dedo el borde de la bañera.
–¿Qué es este pájaro sobre el círculo de cobre?
–Es mi arrendajo.


10. La derrota de Abd ar Rahman el Ghafiki

¿A qué llamamos horror? Una sensación de espanto que causa el miedo súbitamente en todo el cuerpo, de los pies a la cabeza, que eriza la piel o para los pelos, que incluso quita el sueño. O bien que llega a interrumpirlo y es como un arrebato que captura, que aprieta la garganta como un lazo, cubre de sudor el vientre, empapa el surco que separa las nalgas. Ninguna lágrima se vierte en el horror. Provoca el deseo irresistible de escapar lo más rápido posible en la mayoría de los animales salvajes que están todos dotados de una extraordinaria presciencia. En el mismo momento dos ataques se asociaron y estrangularon a Europa como colmillos. Una invasión progresiva, sabia, sutil, piadosa al sur, una invasión brutal, bárbara, codiciosa, violenta al norte. Una, que se volvió punzante y que cantaba admirablemente acompañándose de violas, la otra, que era esporádica y que incendiaba todo, apresaron al continente en su morsa, sin que ni una ni la otra se hubiesen concertado. En 698, únicamente Cartago, que resultaba ser el más bello puerto que reinaba entonces en el mar Mediterráneo, no había caído en manos de los árabes. En 711, el mar fue completamente conquistado. En todo el contorno del mar interior se edificaron torres sarracenas a lo largo de las costas y se “erizaron” como otras tantas lanzas. El Imperio oriental bizantino, replegado en el mar de Mármara, ya no tuvo relación directa con la parte occidental del antiguo imperio. Los puertos de Provenza se vaciaron. Las barcas de pesca, los botes, las redes sustituyeron a los navíos que achicaron, a las galeras que acortaron, a las largas barcazas de comerciantes que miniaturizaron hasta el punto de convertirlas en ferrys o incluso en góndolas. Las sedas y las especias provenientes del Extremo Oriente transitaron a lomo de burro por las rutas de Italia. Daban vueltas en los desfiladeros de los Alpes. Les resultaba difícil llegar de la India, de las mesetas de Mongolia, de los picos del Himalaya, de los inmensos ríos de China.
Después de que el mar cayera íntegramente en su poder, los árabes penetraron en el interior de los territorios.
Tras haberse convertido en los amos del valle del Ródano, sometieron la Borgoña. Sitiaron la ciudad de Autun en 725. En 731 asediaron la antigua ciudad de Sens, donde finalmente fueron rechazados por el arzobispo que se había refugiado en su isla y que los atacó a través del gueto de los judíos que daba al puerto, en el brazo oriental del río navegable. En 732, Carlos Martel logró reunirse con el duque Eudes y juntaron sus tropas.
Fue entonces cuando Abd ar Rahman el Ghafiki perdió la gran batalla que tuvo lugar en las puertas de Poitiers.
En 733 las tropas de los árabes de España perdieron Lyon.
Sólo la aristocracia marsellesa, que se había aliado a los sarracenos contra los francos, permaneció decididamente mahometana.


11. El concilio de Verneuil-sur-Avre

De pronto, un día, en 755, en Verneuil-sur-Avre, el rey de los francos Pipino decidió posponer la guerra de marzo a mayo.
Se reunió un concilio, que transformó la guerra por mil años en el territorio de Europa.
Entre los antiguos romanos, las dos puertas de la guerra se abrían en marzo y se volvían a cerrar con los aguaceros y los barriales y las hojas secas y rojas del otoño. Los dos batientes de la puerta se decían, en la lengua que hablaban los antiguos guerreros de Etruria, “janua”.
Januarius deus patuleius et clusius. (Enero dios de la puerta que se abre y que se cierra.)
Las Puertas de Enero mostraban el enigmático y doble rostro de un viejo (senex) mirando hacia el oeste y de un niño (puer) mirando hacia el este, que remataba la piedra del año Bifrons, cuando se ejecutaba al rey del año anterior, de largos cabellos blancos, colgado de la rama de un roble, y se lo despojaba de su piel.
Súbitamente nacía, maravillosamente, el año nuevo con las primeras flores.
“Ia” en la palabra romana “iannus” expresaba lo que se va, el ejército que se levanta, la partida de los caballos, los tintineos de las armas en la primera luz del año.

Así, en 755, los obispos se reunieron en la corte de Pipino, en la antigua ciudad construida en la orilla del Iton y rodeada por el Avre. Promulgaron que, en ese caso, dado que se adherían de buen grado a la opinión del soberano de los jefes (duques) de las tribus francas, en adelante habría dos asambleas (concilia) todos los “años” en la inmensa extensión donde los francos cabalgaban. Una en mayo, en presencia del rey y de las tropas de sus guerreros para la revista antes de la guerra y la reunión de todos ante todos. Otra en octubre, que estaría consagrada a la administración del reino, en presencia de la casa del rey, de los jefes que comandaban las tribus francas, de los padres que regían las abadías, de los obispos que gobernaban las diócesis.
Resulta pues que en primavera la solidaridad de los vassi se concentraría en torno al rey. Resulta pues que en otoño serían dispersados los missi. De tal modo, las grandes circunscripciones eclesiásticas serían inspeccionadas unas tras otras y el impuesto sería recaudado anualmente. Fue así que el vasallaje dentro de cada provincia y las misiones en todo el territorio del imperio se equilibraron. Pero los pasos, las riberas, las playas, las provincias del imperio eran cada vez más perturbados, saqueados, incendiados, extorsionados. Las incursiones terribles e imprevisibles de los normandos venían a reemplazar los pillajes de los árabes y amplificaban la devastación de todas las costas, en todos los ríos, en todos los mares, en todos los confines, incluso en las montañas.


12. Lo que llamaban el Día del Oso

Un día, antiguamente, un pequeño pueblo encaramado en el Alto Vallespir organizó un “Dia de l’Ós”. Era un rito que tenía lugar al terminar el invierno, entre los desfiladeros y los picos de las montañas escarpadas de los Pirineos. En la época se llamaba “Día del Oso” a una “fiesta al revés” que se remontaba a los primeros hombres que habían vivido allí mucho tiempo antes de que los vascos –que venían de Siberia– los persiguieran y trataran de aniquilarlos. A esos hombres antiguos les gustaba embriagarse con caldo de hongos. Penetraban con antorchas en las cuevas. Pintaban las paredes de las cavernas con las cenizas que quedaban de sus fogatas. Los hombres jóvenes del pueblo, luego de haberse desnudado por completo, se ennegrecían la piel, los cabellos y los vellos púbicos con ese hollín que previamente habían mezclado con grasa. Se revestían con despojos despedazados de corderos luego de haberlos dado vuelta y cubrirlos de sangre. Armados de largos palos, los “osos” procuraban bajar de las alturas de la montaña hacia las pasturas, los apriscos, los manantiales, los establos, los caseríos, mientras que unos “cazadores” trataban de rechazarlos. Los “osos” capturaban a las muchachas a las que embadurnaban con su sangre y con su hollín negro y pugnaban por llevarlas contra su voluntad a sus cavernas donde las violaban y las fecundaban. Una vez saciados y dormidos los “osos”, los “barberos” disfrazados, vestidos de blanco, entraban en las cuevas donde los animales habían realizado su “carnicería” y lograban capturarlos. Les ponían cadenas y los llevaban abajo, con los tobillos y las muñecas atados, hasta el pueblo. A partir de entonces, con una doble hacha de sílex, los afeitaban íntegramente (cabellos, pelos de los brazos, vello del torso, matas bajo las axilas, matojo de pelos que rodea el escroto y el pene). Después las mujeres arrojaban sobre ellos grandes baldes de agua y las fieras volvían a ser hombres. Aquel día Lucía fue concebida de Ansiera violada por el conde de Vannes y el prefecto de Bretaña, que se llamaba Hruodlandus (Roland), en el año 777, en el mes de mayo, mientras cruzaban los pasos de montaña. Más adelante, Lucía tuvo una hija y la niña tenía los ojos tan azules que la llamaron Lucilla.


13. El origen del Somme

El primer color que se forma en la retina de todos los hombres, en el ojo del recién nacido, es el azul.
Ese color es azul como el mar que antecede a la tierra.
Azul como el mismo cielo, que los antecede a ambos.
Durante un largo tiempo el Somme no era más que un arroyito tan pequeño como el arroyo que brotaba de las fuentes revitalizantes de San Marcoul.
Sar era la chamán que tenía en su poder la bahía que abría el Somme en el mar del Norte. Y sus ojos de vidente eran tan azules como lo son los ojos de los niños recién nacidos. Una noche, en el fondo de sí misma, oyó a lo lejos a los islandeses que llegaban en su barco. Entre los francos, sólo las mujeres tenían el don de la doble visión, porque sólo las mujeres, según decían, son en el origen tanto hombres como mujeres, es decir, tanto niños como viejos, es decir, tanto fantasías como fantasmas.
Sar veía todo lo que iba a pasar como si ya hubiera ocurrido. Era su don. Los francos decían:
–Ella lo ve todo. Ella puede distinguir un cabello blanco que cayó sobre el manto de nieve. Y si lo toma entre sus dedos, puede distinguir uno de esos copos de nieve una vez que ha sido depositado con el pelito dentro de un tazón de leche.
Sus ojos eran azules exactamente como lo son las piedras de los corindones y los zafiros.
Todo el mundo los señalaba, los admiraba, y cada cual decía:
–¡Qué azules son sus ojos!
Hartnid decía:
–Son los más bellos ojos del mundo. Son tan azules como el cielo después de la tormenta, cuando es puro, y se refleja en el mar, cuando está en calma.
Los ojos de la chamán lo embelesaban.
Aunque bruscamente, en determinados momentos, sus ojos se volvían inmóviles y fríos y grises como el granito y ella veía a las tropas enemigas a varios años de distancia.
Ella decía:
–Dentro de tres años, el enemigo que viene del norte desembarcará. Lloverá. El río estará crecido y ustedes se quedarán inmóviles, sentados en el dique contemplando el agua que sube hasta sus rodillas y entonces, o bien caerán en la muerte bajo sus golpes, o bien se convertirán en sus esclavos.
Sar la Chamán provocaba la risa de los pescadores y los cazadores y los caldereros y los guerreros del Somme al advertir con demasiado tiempo de anticipación lo que iba a ocurrir. Nunca se sabía cuándo surgiría el futuro que ella adivinaba. Era una profetisa que veía demasiado lejos. Entonces, cuando los acontecimientos sobrevenían, los francos habían olvidado la profecía que antaño ella había pronunciado.
Además, suscitaba la protesta de los más ancianos porque los impulsaba a tomar precauciones que siempre se mostraban completamente inútiles.
Un día de lluvia, un día en que el pequeño río ante sus ojos, mientras estaban todos sentados sobre el dique, se desbordaba, los nórdicos, que venían de la isla de Islandia, los atacaron. Mataron a la mayoría de los hombres que trataron de defenderse. Redujeron a la esclavitud a los niños, las mujeres, los hombres mayores y gastados y amarillentos y seniles. Los vikings les preguntaron a los francos:
–¿No tienen entonces una chamán que les pronostique sus desgracias?
Fue entonces cuando los vencidos les relataron la profecía de Sar. Ahora recordaban que todo lo que había descripto tres años antes, con el más minucioso detalle, era lo que había pasado: la lluvia, el río que desbordaba, las rodillas que se empapaban, la sorpresa, etc. Entonces los nordmann preguntaron dónde vivía Sar. Uno de los francos que habían sido hechos prisioneros les indicó, bajo la tortura, a los jóvenes marinos islandeses dónde había escogido la chamán su cueva en el acantilado. Los normandos treparon la ladera; espantaron a las gaviotas; entraron en la caverna; espantaron a los murciélagos; la agarraron de los brazos; le reventaron los ojos; sus pupilas muy azules fluyeron sin parar. Fue así como se creó el Somme que desde entonces avanza su oleaje sin fin hacia el mar del Norte y se remonta hasta el puerto de Londres.    


14. El rostro

Una tarde, un bote bajó por el río. El remero hizo atracar el casco negro en las pequeñas hojas romboides y amarillas de los grandes sauces de Hagus el barquero. Un joven muy esbelto, muy bello, que tenía los gestos de un ángel, saltó sobre la orilla, le hizo una seña a alguien que no se vio.
El bote volvió a partir en silencio.
Los dos hombres siguieron la costa.

Pronto el primero fue conocido por todo el mundo. Sabían que se llamaba Hartnid y que estaba buscando algo. Buscaba un rostro. Tenía una cajita esmaltada dentro de su camisa. La abría. Mostraba un rostro que había sido pintado en una isla de Escocia y preguntaba: “¿Han visto este rostro?” Se trataba de la cara de una mujer que no era especialmente bella pero que tenía un aspecto extremadamente dulce. El hombre se llamaba Hartnid y a veces un arrendajo de grandes plumas azules acudía a posarse sobre su hombro. 





En Las lágrimas, I
Título original: Les Larmes
Traducción: Silvio Mattoni
Buenos Aires, El cuento de plata, 2017





Fotos: Pascal Quignard 1986 © Patrick Zachmann/Magnum Photos
Silvio Mattoni (foto original sin atribución vía)


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Esther Mercedes Pérez Gayol: Fotografía de un caballo de carrera

28 de noviembre de 2017




Alerta,
mira a la cámara con ojo iluminado.

Enfoque atento de gladiador triunfante
con nombre propio.

Aprendices de Dios te han recreado
pero es todo tuyo
el fuego que anima la mirada.

De caballo indudable pensamiento.
Desconocido para mí
pero vivo y despierto
tras el ojo sapiente que me mira.

Misteriosa maravilla que galopa y triunfa,
pedirte perdón yo quisiera
por todos los hombres.






Inédito
E. M. Pérez Gayol en Ignoria
Buenos Aires, siglo XX

Foto: Hipódromo de Palermo (Buenos Aires)
Fuente: Patricia Damiano 26 de febrero 2011




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Mordechai Geldman: Oporto (bilingüe)

21 de noviembre de 2017





Extraño atardecer
De un país diferente, de otra ciudad

Me adentré en un jardín
Como quien al ocaso colecciona jardines
Para el catálogo de sus recuerdos

Leía un libro embrujado
Que atrae poemas a mi cerebro
Doquiera me encuentre
También en jardines crepusculares
Sumergiéndose lentamente en la oscuridad

Me perdí en el libro y olvidé mi nombre
Como convenía al crepúsculo y al jardín
El jardín al declinar el día

Los arbustos se hundieron en un verde profundo
Entornaron ojos verdes
Se encerraron en un callar verde

Y los árboles soñaron pavos reales

Lenta, lentamente se reunieron a mi alrededor
Cuatro pavos reales de intensa belleza
Uno era leucino, un pavo
Real de suprema pureza

Me urgía dejar el jardín
Para ir a poseer una ciudad nueva
Y no los capturé en un poema.




פורטו | מרדכי גלדמן


בין-ערביים מוזרים
של ארץ אחרת, עיר אחרת

פסעתי לתוך גן
כמין אספן גני ערב
לקטלוג הזכרונות

קראתי בספר מכושף
המזמן שירים למוחי
בכל מקום
גם בגני ערב
הצוללים לאיטם בחושך

אבדתי בספר ושכחתי את שמי
זה הלם את הערב ואת הגן
את הגן בערב

השיחים שקעו בירוק עמוק
עצמו עיניים ירוקות
והתכנסו בשתיקה ירוקה

והעצים חלמו טווסים

לאט לאט התכנסו סביבי
ארבעה טווסים עזי יופי
אחד מהם אלבינו
טווס של טוהר עליון

מיהרתי מהגן העירה
להכיר עיר חדשה
ולא צדתי אותם בשיר





Mordechai Geldman: foto (editada) y texto FB
Versión del hebreo: Yonah Kranz



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Esther Mercedes Pérez Gayol: Un hombre de guerra

10 de noviembre de 2017






      El guerrero se enorgullecía de su lejano antepasado, el que había peleado como un león en la amurallada Troya. Enorme y esforzado como pocos, aquel valiente mirmidón había regresado cojo a su lejana isla, con una gloriosa cicatriz en la cadera izquierda. También había retornado con una impresionante armadura, legítimamente conseguida  por haber matado en combate a su primer dueño, un teucro desafortunado, tan corpulento como él.
El guerrero se enorgullecía de aquella posesión heredada. La calzaba con deleite, ya fuera cuando peleaba, ya fuera cuando presumía frente a algún camarada desprevenido que aún desconociera su memorable historia.

      Siempre  con la armadura como precioso legado, la familia había emigrado varias veces. Primero de isla en isla, desde Egina hasta Chipre, azarosamente, soñando de continuo con una planicie extendida donde correr libremente, fabricar carros, criar caballos, guerrear a campo abierto y hacer fortuna.
Tan largo sueño se había concretado por fin. Y por dos generaciones completas prosperaron en aquella llanura, a quince quilómetros de la costa, alejados del siempre  presente ruido del mar.
Gente esforzada, sus constantes antepasados. Guerreros en Egina y Lesbos, aedos en Quíos, herreros en Chipre, constructores de carros en el continente y por último, él, la culminación de tan larga historia: otra vez un aguerrido soldado en armadura, con carro de combate, caballos y escudero.

      Todavía se hablaba algo de griego en la familia. Casi todas sus mujeres provenían  de allende el mar, donde se criaban las mejores tejedoras. Ellas comían con sus maridos y los llamaban por sus nombres; formaban  a  los hijos en la melodía de su lengua y en el respeto a sus dioses. Así la madre, célebre por el tamaño de sus mantas y por la cadencia de sus largos parlamentos que nadie entendía. El guerrero, cuando el vino le entonaba el alma, solía alzar la orgullosa cabeza e invocar a los dioses alegres con voz rugiente, los mismos dioses –pero él no lo sabía– que primero habían destruido Troya y después a casi todos sus conquistadores.
       Esa mañana despertó alerta y hambriento de pelea. La Aurora apenas extendía sus rosados dedos y ya restallaban los apremiantes gritos junto a los bronces yacentes. Aquel era el día tan esperado de la batalla.
Por fin se ha terminado la desagradable espera. El guerrero se muestra tan bendecido de ferocidad que hasta los perros se mantienen a distancia. El escudero corre desde su rincón para alcanzarle una pata de buey rescatada de quién sabe dónde. Mientras come  a grandes dentelladas, el guerrero estira los brazos y flexiona las rodillas, complacido de  lo que siente y de lo que exhibe.  Más allá, otros dos gigantes se ungen  el uno al otro previendo una larga jornada de sol ardiente. El escudero, ahora en cuclillas, con la manopla de piel de cabra envainada hasta el codo, lustra con fuerza las escamas de bronce de la histórica coraza.

      El gigantesco soldado comienza por fin  a vestirse. Empieza por las sandalias, que sujeta a los tobillos con doble atadura; le siguen las rígidas grebas sobre las canillas; luego la túnica acolchada sobre la túnica fina y  encima, la pulida coraza que el escudero acomoda subido sobre un escaño.
Prueba la jabalina contra un tronco y levanta del suelo la pesada lanza que lo ha hecho famoso. La blande con una sonrisa como si no pesara lo que pesa. Los que están más cerca rugen su aprobación y corren a ponerse a salvo –saben muy bien que donde aquella lanza cae, brota la muerte–. Prueba los dos filos de la espada, lentamente, y frunce el ceño con desaprobación. Corre el escudero con la piedra de afilar, pero antes le alcanza el enorme  yelmo, impar como una corona. Es lo último que siempre se acomoda sobre la pelambre recién ungida. Es su orgullo. El digno remate de una figura que sabe  inolvidable. Agita la robusta columna del cuello y el penacho de cola de caballo ondea silencioso en la ligera brisa de la mañana.
Está listo. El corazón le arde en el pecho blindado.

      Los ejércitos enemigos aguardan enfrentados; el valle del Terebinto en el centro.
La espera se hace larga. La expectativa crece y decrece. La fuerza de choque empieza a fastidiarse. ¿Qué está pasando? Es una batalla prácticamente ganada. Los enemigos son más débiles y están peor armados. Es poco el bronce que brilla en sus filas apretadas; y el hierro, aún menos. ¿Por qué no atacar ya? La mañana avanza y pronto el calor se hará insoportable.
¿Y si...?
Los compañeros del guerrero lo conocen bien y dejan caer en voz baja una insinuación largamente meditada: ¿Qué tal si proponemos un duelo,  una pelea de uno contra uno y  terminamos de una vez y nos marchamos a casa cargados de esclavos?
¿Un desafío?
Lo inflama la idea. Está harto de esperar órdenes. Sabe que él solo vale por todo un ejército y está feliz de que sus camaradas también lo sepan. Los desafíos son su especialidad. Adelanta el pecho, respira hondo y afirma las piernas. Avanza decidido, jabalina al hombro y lanza en mano. Lo precede el escudero.

      En el silencio del enfrentamiento, el tono enérgico de su propuesta atruena el valle: uno contra uno y se termina el conflicto. El vencedor obtiene la victoria y todo su ejército vuelve a casa triunfante, los brazos cargados con el botín.
Nadie responde.
Las filas enemigas que parecían ondular con la brisa de la mañana, se paralizan. Repta el miedo. El silencio es viscoso. Muy en el fondo se acelera el movimiento. En la tienda real, gente apresurada entra y sale como hormigas antes de la tormenta. Es evidente que no habrá respuesta inmediata.. Al enemigo le costará encontrar un oponente capaz de enfrentar con éxito al gigantesco adversario. ¿Lo hará el mismo rey? El guerrero sabe que el soberano es muy corpulento además de valiente. Le han contado que es casi tan alto como él, que sobresale por más de una cabeza a toda su gente. Pero un rey no va a enfrentar solo  a un simple soldado,  por bravo que sea. Difícil para el enemigo encontrar a quien pueda responder a tal desafío.
La fuerza de choque grita y festeja por anticipado. Desde la retaguardia empiezan a llegar chorreantes trozos de carnero recién asado. Es una fiesta. Sólo el guerrero se niega a comer y permanece en guardia. Es su batalla y está solo. No se ha olvidado de sus dioses y de pie,  con la cabeza erguida, los invoca en silencio. Su preferido es Apolo.
     
      De pronto, algo raro sucede. De entre las filas enemigas surge una figura impensada. Alguien en otro tiempo y en otro lugar habría podido  decir:  entonces el monte parió a un ratón.
Es un joven muy joven, rubio, delgado, cubierto apenas con lo indispensable. Lleva una honda en la mano y un morral colgado del hombro.
El guerrero no puede creer lo que está viendo. ¿Acaso se ríen de él? Maldito aquel desarrapado que osa desafiarlo con tanta ligereza. Maldita su gente. Maldito su ejército.
Mientras murmura se adelanta con desgano. Pero la tarea debe ser cumplida. Por fácil que se presente, es su combate.
El adolescente corre hacia él. Saca un guijarro del morral, lo ajusta en el hueco de la honda, hace girar el largo tiento con gracia de bailarín y el guijarro se dispara.

      Cae el guerrero.
Lo impensable ha sucedido. Los dos ejércitos observan paralizados la escena increíble. La piedra ha dado justo en la frente del gigante. Con el tremolante casco abollado, la mole se derrumba sobre la arena.
El muchacho corre hacia su víctima, le quita de la cadera la enorme espada de doble filo, la sujeta con ambas manos, la levanta para tomar impulso y de un solo golpe lo remata. Y con  otro lo decapita.


      “David tomó entonces la cabeza del filisteo y la llevó a Jerusalem, pero las armas las guardó en su tienda." (I Samuel)



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Samuel Johnson: Sobre la pena capital

30 de octubre de 2017



N° 114. Sábado, 20 de abril de 1751
Artículo en "The Rambler" (1750-1752)
Audi,
Nulla unquam de morte hominis cunctatio longa est
JUVENAL[75]
El poder y el rango halagan y deleitan tanto que, a pesar de las tentaciones que conllevan y los peligros a los que exponen, no hay casi virtud, por precavida que sea, o prudencia, por mucho que desconfíe, que se permita rechazarlos. Incluso los hombres más respetuosos de la legalidad prefieren que se piense que su conducta está dictada, no por el temor, sino por su propia voluntad, y aparentan sumisión más que obediencia a las leyes. Nos complacemos en ignorar las fronteras que no podemos cruzar, y como observaba el satírico romano, quien no tiene poder para acabar con la vida de otros, sin embargo se alegra de tenerla en sus manos[76]
El mismo principio, que con el tiempo degenera y se corrompe, preside el deseo de investir a la autoridad legítima con el atributo del terror y la capacidad de gobernar por la fuerza en vez de la persuasión. Y como el orgullo se resiste a aceptar otras razones que las que dicta la propia voluntad, por ello mismo es capaz de imponer las medidas más sensatas recurriendo a violencias y sanciones, antes que rebajar la dignidad del mando a debates y razonamientos.
No parece exagerado sospechar que semejantes muestras de arrogancia política hayan podido ocasionalmente infiltrarse en las asambleas legislativas y mezclarse con debates sobre la propiedad y la vida. Una rápida ojeada a las leyes que instauran medidas de justicia vengativas y coercitivas permite descubrir tal cúmulo de desproporciones entre crímenes y castigos, tan caprichosos distingos en las definiciones de las culpas y tanta confusión entre negligencia y severidad, que cuesta creer que estos documentos sean el reflejo de una sabiduría oficial que aspira sincera y sosegadamente a establecer el bienestar público.
El sabio, juicioso y piadoso Boerhaave[77] decía que no era capaz de ver a un criminal conducido al cadalso sin preguntarse: «¿Quién puede decir que ese hombre no es menos culpable que yo?». La próxima vez que las cárceles de esta ciudad vacíen su contenido en el cementerio, que quienes asistan al espectáculo de tan horrenda procesión se hagan la misma pregunta con el corazón en la mano. Bien pocos de los que asisten en masa a estas masacres legales y se asoman con indiferencia, o tal vez con júbilo, a la más profunda sima de la miseria humana que revelan serían después capaces de repetir la experiencia sin sentirse horrorizados y abatidos. Y es que, ¿quién puede jactarse de no haber cometido nunca actos no más perjudiciales para la paz y prosperidad de todos que el robo de una simple moneda?
Cuando una determinada forma de latrocinio se extiende hasta convertirse en la regla, se ha buscado siempre suprimirla mediante la adopción de penas capitales. Pero el resultado es que si se logra eliminar a los malhechores por una generación, sus sucesores aprenden la lección y conciben nuevas fórmulas de delinquir. El arte de robar se dota así de una mayor variedad de añagazas y se refina con la adquisición de más sutiles destrezas y métodos más solapados de ejecución. La justicia vuelve entonces a perseguir los nuevos crímenes con más saña y a combatirlos con la muerte. Esta tendencia conduce a la multiplicación de las penas capitales, hasta conseguir que crímenes muy dispares en importancia sean por igual sometidos al castigo más severo que los hombres son capaces de imponer a sus congéneres.
El legislador sin duda está autorizado a valorar el grado de malignidad de los delitos, no sólo atendiendo a las pérdidas o el dolor que cada uno de ellos pueda infligir, sino también a la alarma y preocupación pública que desata el temor al crimen y a la pérdida de bienes. En este sentido, no hace otra cosa que ejercer el derecho que toda sociedad se supone capacitada para ejercer sobre la vida de sus miembros, no sólo a la hora de castigar cualquier transgresión, sino para mantener el orden y preservar la paz. Las leyes que aplica con más dureza son las más expuestas a ser violadas, del mismo modo que el comandante de una guarnición redobla las guardias en los flancos más expuestos al enemigo.
Este método se aplica desde hace mucho tiempo, pero con tan poco éxito que los saqueos y las violencias van en aumento. Sin embargo, pocos parecen dispuestos a reconocer su ineficacia. Antes bien, entre quienes se dedican a especular sobre el actual estado de corrupción del pueblo, hay quienes proponen la adopción de castigos aún más horribles, permanentes y desmesurados; otros prefieren que se acorte el plazo de las ejecuciones; los terceros, que los indultos sean más difíciles de otorgar. Y en general, todos parecen pensar que la lenidad ha dado alas a la maldad y que sólo podremos librarnos de la amenaza de los ladrones aplicándoles el rigor más inflexible y la justicia más sanguinaria.
No obstante, y puesto que el derecho de asignar a la vida un valor incierto y arbitrario ha sido puesto en tela de juicio, y dado que la experiencia de otras épocas nos deja pocas razones para esperar que el crimen pueda reformarse gracias a las periódicas hecatombes de nuestros semejantes, tal vez no sea baladí estudiar las consecuencias que pudieran derivarse de un relajamiento de las leyes y una más racional y equilibrada adaptación de las penas a los delitos.
La muerte, como observaba un autor antiguo, es «de las cosas más horrendas, la más horrenda[78]»: un mal de tal índole, que nadie en el mundo puede amenazar con superarlo, y más allá del cual nadie puede temer asechanza alguna de sus enemigos o adversarios. El terror de la muerte, por tanto, las autoridades han de reservárselo como último expediente, por ser la más áspera y eficaz de las sanciones, y ponerlo a custodiar el tesoro de la vida como advertencia de que lo hurtado, en este caso, jamás podrá ser restituido. Pero igualar el robo y el homicidio equivale a rebajar el homicidio a robo, sembrar en las mentes vulgares la confusión entre grados de iniquidad, e incitar a cometer un crimen más grande para prevenir el castigo de otro mucho menor. Si sólo el asesinato mereciera ser castigado con la muerte, muchos ladrones sin duda dejarían de mancharse de sangre las manos; pero si resulta que no se exponen a ningún otro peligro por este acto de crueldad y aun pueden aspirar a cierto grado de impunidad, ¿cómo disuadirlos?
Podrá aducirse que las sentencias generalmente son rebajadas a simple hurto, pero con ello se está confesando que tenemos leyes, al parecer, insensatas. De hecho, cualquiera puede advertir que, salvo los asesinos, todos los criminales pueden prevalerse, llegada la hora, de contar con la venia del género humano.
El convencimiento de que el castigo no se corresponde al delito explica las frecuentes peticiones de indulto. A quienes más favorables se muestran al castigo del robo les escandaliza, sin embargo, que el ladrón pueda ser ajusticiado. Comparado con su tormento, el crimen parece baladí, y el ejercicio de la piedad arruina en este caso la voluntad de castigo.
La horca, en efecto, es un efectivo antídoto contra la propagación del crimen por el ajusticiado; pero su muerte no parece que contribuya a corregir la conducta de sus colegas más efectivamente que cualquier otro método de aislamiento. El ladrón no dedica mucho tiempo que digamos a aprender de pasadas experiencias o prevenirlas, más bien se apresura a pasar del robo a la insurrección; y cuando la tumba ha engullido a su cómplice, su primera preocupación es buscarse otro.
La frecuencia con la que se aplica la pena capital, por tanto, rara vez previene la comisión de delitos; en cambio, por lo general contribuye, como es de suponer, a impedir que sean detectados. Es principalmente esta razón, y en aplicación del sano principio de prudencia, la que debiera dictarnos la conveniencia de evitarla. Ya pueden argumentar en contra casuistas y políticos, lo cierto es que la mayoría de los seres humanos, incapaces como son de comprender que robar lo ajeno y hundir un puñal en el pecho son dos actividades igualmente criminales, difícilmente podrán aceptar que malhechores tan diferentemente culpables sean justamente merecedores del mismo castigo. Por no decir nada del hecho de que la imperiosa necesidad de someter las conciencias a leyes humanas tan claramente manifiestas y expuestas y generalmente aceptadas jamás podrá evitar que las almas piadosas, sensibles y justas vacilen a la hora de sumarse a la colectividad para aprobar acciones que su conciencia íntima reprueba.
Quien ignore que las leyes más severas por lo general conducen a la más completa impunidad, quien no sepa que innumerables son los crímenes ocultados y olvidados para evitar que los infractores caigan en ese estado en el que de nada sirve el arrepentimiento, no puede decirse que conozca la naturaleza humana. Y si quienes fácilmente confunden crueldad y firmeza prefieren tachar esta postura compasiva y censurarla y despreciarla, sólo diré que no imagino un solo hombre de bien que no prefiriera atenuarla o reducir su alcance.
Si los condenados a muerte por la sabiduría de nuestras leyes hubiesen sido descubiertos cuando apenas comenzaban a ejercer los rudimentos del latrocinio, les habría sido posible, gracias a la aplicación de sanciones adecuadas y la ejecución de trabajos de utilidad, desembarazarse de sus malos hábitos, evitar la tentación de nuevos crímenes y pasar el resto de sus días enmendándose y haciendo penitencia. Y lo cierto es que les sería perfectamente posible reparar sus errores a tiempo, para lo cual tan sólo hubiese bastado con que los agentes de la justicia admitieran esa posibilidad. No creo estar muy errado al decir que cualquier ladrón podría confesar que más de una vez ha sido arrestado y su caso desestimado, y que si se atrevió alguna vez a cometer algún crimen capital, fue porque sabía que sus víctimas preferirían con mucho hacer la vista gorda que ofuscarse con la horrenda perspectiva de la muerte.
Cierto es que toda ley que persiga la maldad será inútil si no va acompañada de la obligación de instruir y el deber de procesar, pero no lo es menos que mientras no atenuemos las sanciones que castigan las simples violaciones de la propiedad, toda instrucción resultará odiosa y cualquier acción procesal infundirá terror. El corazón del hombre justo retrocede espantado ante la idea de castigar una falta leve con la muerte, sobre todo cuando tiene presente que el delincuente hubiese podido librarse fácilmente del castigo con sólo incurrir en alguna otra falta, que sólo un resto de virtud le ha impedido cometer.
El deber de asistir a la justicia en su ejercicio no puede contemplar excepciones, pero existe un deber aún más perentorio: el de proteger la vida. Rara vez es denunciado el castigo excesivamente severo y contrario a nuestros ideales de justa retribución. Impotentes vemos cómo multitudes cometen crimen tras crimen hasta merecer la muerte, y sin embargo sabemos que si hubiesen sido arrestados y condenados mucho antes, la muerte les habría sido impuesta antes de merecerla.
La idea de que la justicia puede fortalecerse a punta de absoluciones y la maldad ser extirpada mostrándose indulgente con ella está tan alejada de la realidad, que lógicamente habría dudado en ventilarla ante el público si sólo pudiera sustentarla en mis propias observaciones. Pero como el autor de tal idea no es otro que Sir Thomas More[79], me he permitido exponerla e ilustrarla con la seriedad que la prudencia, la justicia y la misericordia siempre me han parecido merecer.



Notas

[75] Juvenal, VI. 28-29. Johnson cita la versión de Dryden: «--- When man’s life is in debate, / The judge can ne’er too long deliberate». «Que no ha de prolongarse el juicio sobre el hombre cuando es su vida lo que está en juego». (N. del T.)

[76] Se trata de Horacio, y la alusión remite a Epístolas, I. I. 60-61: «Hic murus aeneus esto, / nil conscire sibi, nulla pallescere culpa». («Que nos sea esto tal un muro de bronce, que nos preserve de la mala conciencia y el sentimiento de culpa»). 

[77] Herman Boerhaave (1668-1738), médico y profesor de medicina holandés. Véase la «Vida de Boerhaave», de Samuel Johnson, en Gentleman’s Magazine, IX (1739), 37-38, 72-73, 114-116 y 172-176. 

[78] Aristóteles, Ética a Nicómaco, III. VI. 2. 

[79] Sir Thomas More (1478-1535), abogado, estadista y humanista, fue Lord Canciller (1529-1532) y amigo de Erasmo de Rotterdam. Johnson se refiere aquí a un pasaje del Libro Uno de Utopía (1516), en el que el personaje Raphael Hythlodaeus (y, por tanto, no el mismo More) propugna una política de contención del crimen no basada en la amenaza de castigos cada vez más cruentos, sino en luchar contra la pobreza que conduce a cometer crímenes. 


Título original: El patriota y otros ensayos
Samuel Johnson, 1784
Traducción: Ana Mª Nuño López & Mariano José Vázquez Alonso


Samuel Johnson. Grabado a partir del retrato de
por Sir Joshua Reynolds (dominio público)


 


























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